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martes, 1 de noviembre de 2011

Morí...hace tan solo unos días...

Yo creo que uno mismo es quien se crea, quien pincela sus ojos del color que más le gusta en el mundo, y quien también, cada vez que puede, se recuerda de diferentes maneras el tipo de persona que le gustaría ser en esta vida. No dije ni pensé nunca que este tipo de experiencia fuera fácil ni que quienes queremos tuvieran la capacidad y la inteligencia como para poder acompañarnos en ese camino, de eso estoy completamente segura. Y es por eso también, que hoy me siento fuerte en tantos aspectos, que por momentos hasta me asusta.
Tantas veces pronuncié la palabra jamás, que ahora, sabiendo que con ella pude haber lastimado a mucha gente, solo me resta intentar anular su sentido expidiendo mi más sincero y sentido perdón... y anhelando que con ello fuera suficiente. En muchas otras oportunidades sentí que era la única que sentía o creía las cosas de tal o cual manera, y sintiéndome denigradamente sola me retiraba del ámbito social que me rodeaba, me encerrada entre cristales inquebrantables y entablaba conversaciones solo con la sal de mis lágrimas. Y sufría...hasta altos grados de desconsuelo.
Me levantaba odiando al tiempo y la inquietud que me generaba ver como otros avanzaban en sus vidas dentro de ideales que jamás fueron partícipes de mi mundo, y me maldecía por eso. Caminaba entre ejemplos de felicidad fieles a mandatos viejísimos, y me veía a mi misma tan lejana a todo eso, que, cada vez que recordaba mi pensar al respecto, cerraba los ojos y me obligaba a sentir diferente, a querer lo mismo que otros querían, a esperar la llegada de ese ángel que cambiaría mi vida y me hiciera ser distinta y me regalara toda la extensión de la felicidad solo con un roce de sus deditos...

Y nada...
nada cambiaba en mi alma, ni en mi esencia. 
nada me demostraba que estuviera equivocada...


Hasta hace unos meses...


Hace un tiempo asistí a mi propia muerte. Me vi sola, sentida en lo más profundo de mi persona, y removida tan de raíz, que hubo instantes en que necesitaba del suelo para respirar y levantarme. Me sentí absuelta de dolor y de culpa, sana de corazón y vacía de espíritu, y me compenetré con sentimientos tan desconocidos que no pude de ninguna forma, evitar que se me cerraran los ojos.
Y me entregué por completo.
Entonces volé por encima del cielo. Me vi carente de suciedad en mis pensamientos, me reconocí pequeña dentro de la inmensidad del mismísimo universo y recorrí diferentes y lejanas imágenes. Vi a mi papá con su mueca de hace tiempo, a mi mamá sonriendo como hace mucho no lo hace, a mi hermano chiquito corriéndome por la casa, a mi ayer descolorido, a mi hoy dolorido, y también, curiosa e increíblemente, también pude ver todo mi futuro. Vi lo que quiero ser y tener al mismo tiempo. Me vi siendo parte de otra vida, y sintiéndome la  mujer más feliz al respecto.
Muy pocas personas asistieron a mi entierro. Y hasta me atrevo a decir que solo fueron las necesarias, y ninguna de ellas me ha dejado ningún tipo de flores. Al contrario. Creo que lo entendieron todo aún sin saberlo ni escucharlo de mi boca.
Creo que todos, a su manera y dentro de si mismos, entendieron que, realmente...



habían formado parte de un nacimiento...