
Hay un espacio, entre la sinceridad y tus ojos, y ahí es donde habita mi cuerpo. Alterna su movimiento con la quietud del tuyo, y ambos concuerdan su itinerario.
Hay un segundo, entre el cielo y tus piernas, y ahí es donde concurren mis manos. Conjurando tácticas de acercamiento para siempre poder tocarte.
Hay un milímetro, escondido entre tu cuello y el comienzo de tu cintura. Y ahí es donde, precisamente, se refugian mis ojos. Para poder esconderse lejos de los tuyos y no tener que cegarse con el reflejo de tus ansias.
Sabiendo que con ésto, dependés solo de mi deseo. Y así, beberme tus ruegos por aquellas caricias que saben devolverte la calma…