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martes, 30 de noviembre de 2010

Clarividencia

Hoy no puedo más que crear un silencio indivisible, una abertura en medio del universo y perderme ahí. Veo un sillón que desarmoniza con el entorno, pero que, seguro de sí mismo aguarda para poder brindar la contención tan necesaria por la que clama mi cuerpo. Siento un aire de sobriedad en el ambiente y percibo rastros de luces que antes, se suspendían inquietas en la pasividad del momento; las cuales, ahora, sobre vuelan anhelantes cualquier señal que la existencia les mande.
Solo es posible que genere una especie de intercambio paralelo de sentidos, donde la realidad se mezcle cristalina con la fantasía y donde lo ambiguo pueda pacíficamente adueñarse de las certezas concientemente perdidas. Puedo, únicamente por expreso pedido de las excepciones, tenderme de espaldas sobre el piso y dejarme atravesar por el tiempo.
Alternativamente es posible que quiera maniatarme al recuerdo más preciso, y de esa forma entregarme por completo a la soberanía de mis propios sentimientos, los cuales creía perdidos. Puedo compenetrarme con la ausencia de las voces y sostenerme con el cordel que ata los reflejos de los momentos.
Pero no, hoy no lo creo, porque nada de eso es convenientemente posible.
Aunque hay una posibilidad muy grande que me resguardo para mi misma, una remota causalidad que nace de mis más oscuros resentimientos. La simplicidad de olvidarme de todo y seguir mi camino valiéndome por mi misma, olvidando que, antes, tenía quien agarrara mi mano cada vez que caía.


Notó el dolor que había en mi alma y en silencio tomó mi mano, la atrajo hacia su cuerpo y me fundió en un abrazo. Cerré mis ojos entre lágrimas y mientras acariciaba mi espalda solo pude quedarme así...quieta, frágil, indefensa y olvidada.
Sosteniendo solo la certeza de que siempre estaría conmigo...



Y lloré en su hombro...sin la necesidad de tener que decir algo...