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jueves, 1 de septiembre de 2011

Yo te cuido...

Acomoda su pelo despacio, con la suavidad justa para enmarcar la parte de su rostro que tanto le gusta. Observa el perfil desdibujado bajo las sombras y besa la claridad que refleja en su vista. Consume cada perímetro de su cuerpo desde el silencio. Ruega, porque no la descubra haciéndolo.
Luego, con ambas manos, toma cuidadosamente su cuello, lo acomoda de manera tal que no le incomode y comienza a recorrerlo. Dibuja círculos cálidos y surcos no demasiado intensos, líneas que forman parte de un mismo misterio. Huele su perfume, la asociación perfecta de ductilidad y buen gusto. Adora las fragancias y la suya es la dueña de sus suspiros.
Cierra los ojos y siente que está temblando. Acerca la boca a sus oídos y respira despacio, entrecortado y siempre a un mismo ritmo. Percibe sus nervios y necesita que deje de sentirlos.

Besa su pánico.

Con calma, ahora se detiene en su espalda. Su visión pierde la concentración por un momento... y es que ama involuntariamente el camino que dibuja su columna. Una ruta que desconoce por caricias pero que a ciencia cierta sabe que es su destino.

Le provoca frío. 
Le infunde calor al mismo tiempo. 
La provoca. 
La inunda de sabores nuevos. 
Le regala un secreto. 
El suyo.

De repente se sobresalta al ver que se aleja, rompe la belleza del momento y se dirige a la puerta. Toma su ropa, sus cosas, el teléfono y se aleja. Pero no puede dejar que pase eso. No puede permitir que se  vaya.

No puede morir la armonía en el principio. 
No puede romperse la conexión en su máximo punto. 
No. 
No puede.

Con la desesperación en la garganta y el dolor en los músculos, se levanta y va detrás de su cuerpo. Lo alcanza de salida. Rápidamente lo aprisiona contra la puerta. Nuevamente la traición de los sentidos. El contacto con su figura, el roce con sus miedos, la confusión que se percibe en el aire y el desconcierto ante la posibilidad de perderlo todo.

El terror ante lo desconocido.

Con la fuerza pendiendo de un hilo y la sinceridad en la punta de los labios, se acerca a su oído, lo besa y le dice... "no tengas miedo...yo sentí lo mismo la primera vez que lo hice...". Pero como si no escuchara más que su instinto lo esquiva y se va.

Sin miradas cómplices ni saludos de olvido. 
Sin nada más que un eco perdido en la puerta de su alma.

Ahora el frío le devuelve la calma y la soledad, algo de su característica locura. Nada porque atravesar la noche que no se detiene, nada para entender lo que siente, nada para calmar la soledad que se acerca.
Justo cuando decide apagar las pocas luces que acompañan su agonía, siente un ruido. Una nota, un susurro, una especie de  tono confuso. Se reincorpora y comprende de donde proviene. Rápido en su mente, pero extremadamente despacio en su existencia más conciente, va en busca del sonido.
Es el timbre.

Será ? 
Habrá vuelto?

Abre la puerta y ve los nervios que marcan sus gestos, el miedo que rebalsa sus poros y la indecisión que amenaza la fluidez de su cordura.
"Perdoname", le dice mientras entra, pero no escucha. Cierra la puerta y con ella sepulta cualquier pauta que indicara el fundamento de sus dudas.
Apaga las luces y se acerca, cierra sus ojos y con la memoria de los suyos retoma su historia.
Ambos cuerpos tiemblan, ambas miradas se encuentran en lo oscuro, ambas almas se entrelazan y de su boca nace un susurro.

El silencio habla desde las profundidades de su corazón y le dice ...


"No tengas miedo, yo te cuido..."